El contexto en 60 segundos

Hasta 1918, casi todo lo que hoy son Siria, Líbano, Israel, Palestina, Jordania, Irak, Kuwait y el oeste de la península arábiga formaba parte de un solo Estado: el Imperio otomano, gobernado desde Estambul durante cuatro siglos. No estaba dividido en países, sino en provincias administrativas que no coincidían con los Estados de hoy.

El imperio entró en la Primera Guerra Mundial en 1914 junto a Alemania y la perdió. Mientras la guerra seguía, Reino Unido y Francia negociaron en secreto cómo repartirse sus provincias árabes. Ese pacto, de 1916, se conoce por los apellidos de los dos diplomáticos que lo redactaron: el británico Mark Sykes y el francés François Georges-Picot.

Lo que vino después no fue la aplicación literal de aquel plan. Entre 1920 y 1926, en conferencias internacionales, comisiones de demarcación y algún campo de batalla, se fijaron los territorios de mandato, es decir, países administrados por una potencia europea bajo supervisión de la Sociedad de Naciones con el compromiso de conducirlos a la independencia. Francia se quedó con Siria y Líbano; Reino Unido con Irak, Palestina y Transjordania. De esos mandatos salieron, entre los años treinta y cuarenta, los Estados actuales.

Cómo hemos llegado hasta aquí

Las provincias otomanas, llamadas vilayatos, se organizaban alrededor de ciudades. Había un vilayato de Bagdad, otro de Basora, otro de Mosul, otro de Damasco, otro de Alepo, otro de Beirut. El Monte Líbano tenía un régimen especial desde el siglo XIX y Jerusalén se administraba aparte. Nadie pensaba en términos de país sirio o país iraquí, aunque sí existían identidades locales fuertes, ligadas a la ciudad, a la tribu y a la comunidad religiosa.

Durante la guerra, Reino Unido buscó aliados dentro del imperio. En 1916 apoyó la rebelión del jerife Husein de La Meca contra los otomanos, a cambio de promesas sobre un reino árabe independiente cuyos límites nunca se concretaron. En paralelo, y sin contárselo a sus aliados árabes, negociaba con Francia el reparto. Y en 1917 anunció además su apoyo a un hogar nacional judío en Palestina. Las tres cosas eran difíciles de cumplir a la vez, y ese es el origen de la palabra traición que aparece en casi todos los relatos de la región.

El acuerdo secreto se hizo público de un modo inesperado: los bolcheviques lo encontraron en los archivos zaristas tras la revolución rusa de 1917 y lo publicaron. Para entonces ya estaba quedándose obsoleto, pero el daño político estaba hecho, y el nombre quedó grabado.

El trazado real llegó después. En 1920, la conferencia de San Remo asignó los mandatos. Ese mismo año, Faisal, hijo del jerife Husein, fue proclamado rey en Damasco y expulsado por el ejército francés pocos meses después. En 1921, Reino Unido lo instaló como rey de Irak y a su hermano Abdalá al frente de Transjordania: dos Estados creados en buena medida para resolver un problema político británico.

En Anatolia, el plan aliado se vino abajo por completo. El tratado que iba a repartir también el territorio turco fue anulado tras la guerra de independencia turca, y el tratado de Lausana de 1923 reconoció las fronteras de la nueva Turquía. Es el mejor recordatorio de que estas líneas no las dibujó solo Europa: donde hubo capacidad de resistir, el mapa cambió.

Faltaban piezas. La provincia de Mosul, rica en petróleo, se la disputaron Turquía e Irak hasta que la Sociedad de Naciones se la adjudicó a Irak a mediados de los años veinte. En el desierto de Arabia, un funcionario británico trazó en 1922 las líneas entre Irak, Kuwait y los territorios de Ibn Saud, dejando zonas neutrales donde no se pusieron de acuerdo. Ibn Saud unificó por las armas gran parte de la península y proclamó el reino de Arabia Saudí en 1932. La frontera entre Palestina y Siria la fijó una comisión franco-británica sobre el terreno en 1923.

De esos mandatos nacieron los Estados: Irak en 1932, Líbano en 1943, Siria y Jordania en 1946. En 1948 terminó el mandato británico en Palestina y se proclamó el Estado de Israel, en un proceso que sigue sin tener fronteras definitivas reconocidas por todas las partes.

Cronología

  • 1914El Imperio otomano entra en la Primera Guerra Mundial junto a Alemania.
  • 1915-1916Correspondencia entre Reino Unido y el jerife Husein sobre un futuro reino árabe.
  • Mayo de 1916Se firma en secreto el acuerdo Sykes-Picot.
  • Noviembre de 1917La Declaración Balfour; los bolcheviques publican el acuerdo secreto.
  • 1918Derrota otomana y ocupación aliada de las provincias árabes.
  • 1920San Remo reparte los mandatos; Francia expulsa a Faisal de Damasco.
  • 1921Reino Unido instala a Faisal en Irak y a Abdalá en Transjordania.
  • 1922Se trazan las líneas entre Irak, Kuwait y los dominios de Ibn Saud.
  • 1923El tratado de Lausana fija las fronteras de Turquía; una comisión delimita Palestina y Siria.
  • 1925-1926Mosul se adjudica a Irak.
  • 1932Irak accede a la independencia formal; se proclama el reino de Arabia Saudí.
  • 1943-1948Independencias de Líbano, Siria y Jordania; fin del mandato en Palestina.

Quién es quién

Mark Sykes y François Georges-Picot. Un diplomático británico y otro francés, encargados de negociar el reparto en 1916. Ninguno de los dos tenía autoridad para fijar fronteras definitivas, y el acuerdo que lleva sus nombres fue modificado después.

El jerife Husein y sus hijos. Husein, custodio de La Meca, lideró la rebelión árabe contra los otomanos. Sus hijos Faisal y Abdalá acabaron en los tronos de Irak y Transjordania. La dinastía sigue reinando en Jordania.

La Sociedad de Naciones. Antecesora de la ONU, creada en 1919. Otorgó y supervisó formalmente los mandatos, lo que dio cobertura jurídica a un reparto acordado antes entre dos potencias.

Mustafa Kemal e Ibn Saud. El primero rehízo por la fuerza el mapa de Anatolia; el segundo, el de la península arábiga. Los dos demuestran que el trazado final también dependió de quién tenía capacidad de imponerse.

Lo que suele confundirse

Sykes-Picot no lo dibujó todo, y esa frase se repite muchísimo. El acuerdo fijó una lógica de reparto y una línea aproximada entre una zona francesa al norte y una británica al sur. Pero preveía Palestina bajo administración internacional, cosa que no ocurrió; asignaba Mosul a la zona francesa, y acabó en el mandato británico de Irak; y no contemplaba ni Turquía tal como quedó ni Arabia Saudí. Las fronteras que hay hoy en el mapa se negociaron entre 1920 y los años treinta, con comisiones sobre el terreno y varias guerras de por medio.

Las líneas rectas son reales, pero están donde hay desierto. Mira el mapa: las fronteras de Jordania con Arabia Saudí o de Libia con Egipto son rectas porque cruzan zonas casi vacías, sin ríos ni cordilleras que seguir. En la franja habitada, entre la costa y las montañas, las fronteras serpentean como en cualquier otro sitio, porque allí sí había pueblos, cultivos y pozos que repartir.

Hay un codo famoso en la frontera de Jordania al que se llama el hipo de Churchill. La anécdota dice que se trazó después de una comida demasiado larga. Es un buen chiste y casi con seguridad falso, pero se sigue contando como si fuera historia.

Fronteras artificiales no significa fronteras sin base. Casi todas las fronteras del mundo se decidieron en algún despacho. Que estas se trazaran deprisa y desde fuera explica parte de los problemas posteriores, pero no explica por sí solo ninguna guerra concreta, y usarlo como explicación única deja fuera todo lo que ha pasado en los cien años siguientes.

Qué sigue en debate

Cuánto peso tiene realmente este trazado en los conflictos actuales es una discusión abierta entre historiadores. Una parte sostiene que juntar comunidades muy distintas en Estados nuevos y separar a otras dejó una fragilidad permanente. Otra responde que Estados con fronteras igual de artificiales funcionan sin sobresaltos, y que el problema está en cómo se gobernó después.

También se discute cuánta responsabilidad tuvieron los actores locales, y si el relato del reparto europeo, repetido por gobiernos muy distintos, sirve a veces para desplazar hacia fuera responsabilidades propias.

Fuentes

Textos publicados de los acuerdos y tratados del periodo, incluidos Sèvres y Lausana. Documentación de los mandatos de la Sociedad de Naciones. Historiografía académica sobre el reparto del Imperio otomano y sobre la delimitación de fronteras en la región.

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